El alemán, la lengua franca que nadie menciona: lo que aprendí camino a Venecia – Caorle, Italia

Hay viajes que uno hace para ver paisajes, y hay viajes que terminan enseñándote algo que no esperabas buscar. Estas vacaciones de verano me tocó lo segundo.

El plan era simple: salir desde Alemania, cruzar Austria, atravesar la cordillera de los Alpes y llegar hasta Caorle, ese pueblo costero cerca de Venecia, Italia, con canales, casas de pescadores y un aire mucho más tranquilo que el de la Venecia turística de postal. El paisaje, como era de esperar, no decepcionó: montañas que parecen recortadas de un libro de cuentos, pueblos austriacos con casas de madera y tejados inclinados, ese estilo alpino que uno reconoce incluso sin haber estado antes ahí. Pero lo que más se me quedó grabado del viaje no fue el paisaje. Fue el idioma.

Un idioma que se escuchaba en todas partes

Durante el trayecto y sobre todo ya en Italia, en zonas turísticas cerca de la frontera y en el mismo Caorle noté algo que no esperaba: se escuchaba más alemán que inglés. No en cualquier rincón, sino justo en los lugares pensados para el turista: restaurantes, tiendas de souvenirs, hoteles, oficinas de información. Los menús tenían traducción al alemán antes que al inglés. El personal cambiaba de idioma con una naturalidad que solo se explica por la costumbre, por la cantidad de visitantes que reciben hablando esa lengua.

Y ahí fue cuando até cabos: el alemán no es solo el idioma de Alemania y Austria. Es, en buena parte de Europa central y del sur, el idioma de facto del turista. Cuando uno viene de Latinoamérica está acostumbrado a que el inglés sea esa lengua puente, la que se asume que todos entienden un poco en un aeropuerto, en un hotel, en una zona de playa. Pero en esta parte de Europa, ese rol lo ocupa el alemán con una fuerza que no había dimensionado hasta vivirla en carne propia.

No fue un caso aislado: la misma escena en Francia

Lo que más me hizo confirmar que no se trataba de una simple casualidad de ese viaje fue recordar algo que había vivido antes, visitando Francia. En varias ciudades del lado fronterizo con Alemania —esa franja que corre por Alsacia y el este francés pasaba exactamente lo mismo, incluso de forma más marcada: se escuchaba más alemán que el propio francés. En comercios, en restaurantes, en la calle misma, el alemán aparecía primero, como si fuera el idioma por defecto para dirigirse al visitante, antes que la lengua oficial del país que uno estaba pisando.

Eso ya no es solo un tema de turismo estacional en el Adriático. Es una señal de algo más estructural: en ciertas franjas de Europa, el alemán funciona casi como una segunda lengua regional, más allá de las fronteras políticas de Alemania y Austria. No sorprende tanto si se piensa en el tamaño de la economía alemana y en el volumen de gente que se mueve constantemente desde ahí hacia sus países vecinos, ya sea por turismo, trabajo o simple cercanía.

¿Por qué pasa esto?

Pensándolo con calma, tiene sentido si se mira el mapa y los flujos de turistas:

  • Cercanía geográfica. Alemania, Austria y Suiza están a pocas horas en auto o tren de destinos como el norte de Italia, Croacia o Eslovenia. Eso convierte a los alemanes, austriacos y suizos en uno de los grupos de turistas más numerosos y recurrentes de la región, temporada tras temporada.
  • Costumbre histórica del destino. Zonas como el Adriático italiano, Croacia o el sur de Austria llevan décadas recibiendo turismo de habla alemana. No es un fenómeno nuevo, es una relación construida con el tiempo, y el comercio local se adaptó a eso mucho antes de que el inglés se volviera el estándar global que es hoy.
  • Poder adquisitivo y estacionalidad. El verano europeo coincide con las vacaciones de gran parte de Alemania, Austria y Suiza, y ese volumen de visitantes con capacidad de gasto hace que sea, sencillamente, rentable atenderlos en su idioma.

El paralelo con Latinoamérica

Lo interesante es pensar esto en espejo con lo que pasa en nuestra región. En el Caribe, en México, en buena parte de Centroamérica y en las zonas turísticas de Sudamérica, el inglés cumple ese mismo papel: no es necesariamente el idioma más hablado del país, pero sí el idioma en el que se piensa la experiencia turística. Los carteles, los menús, el personal de hotelería, todo está calibrado para un visitante que llega hablando inglés, sea o no su lengua materna.

En Europa central, ese lugar al menos en ciertos corredores turísticos como el que yo recorrí lo ocupa el alemán. No reemplaza al inglés, que sigue siendo necesario y está presente en todos lados, pero comparte protagonismo de una manera que sorprende a quien viene de una región donde el inglés no tiene ese tipo de competencia real.

Una lección de viaje que no esperaba

Al final, lo que más valoro de este recorrido —desde Alemania, pasando por Austria y sus montañas de cuento, hasta llegar a Caorle no fue solo el paisaje alpino ni los canales tranquilos del pueblo veneciano. Fue darme cuenta de que el idioma también cuenta la historia económica y cultural de una región. Cada lengua que domina en una zona turística está diciendo, en el fondo, quién viene, cuánto tiempo lleva viniendo y qué tan importante es para la economía local.

La próxima vez que viaje por Europa central, ya sé que no voy con el inglés como plan A. Voy prestando atención a qué idioma habla realmente la calle.

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