Lo que el Mundial nos sigue enseñando sobre la fe en lo improbable

27 de junio de 2026
No soy de los que se desvela por el fútbol, pero hay algo en este Mundial 2026 que me ha tenido pensando toda la semana, y no tiene que ver tanto con el balón como con la vida misma.
El jueves, Ecuador le ganó 2-1 a Alemania. Le ganó al tetracampeón del mundo, al equipo que dos partidos antes había goleado 7-1 a Curazao, al que llegaba ya clasificado y sin nada que perder. Ecuador, en cambio, llegaba con la urgencia del que no tiene margen: había perdido su primer partido, empatado sin goles el segundo, y se jugaba literalmente la vida en ese tercero. Y bajo esa presión, hizo el mejor partido del torneo. Le dieron vuelta al marcador en un estadio repleto, con la gente cantando «sí se puede» desde el primer minuto, incluso cuando algunos en las gradas no estaban tan seguros de que se pudiera.
Eso me quedó dando vueltas. Porque no es la primera sorpresa de este Mundial, ni va a ser la última. Ya hemos visto a Cabo Verde, un país de medio millón de habitantes, sacarle puntos a Uruguay. A Jordania debutar con una actuación valiente frente a una Austria que regresaba a un Mundial después de 28 años. A las selecciones africanas Ghana, Sudáfrica, Egipto, Costa de Marfil convertirse en la gran sensación del torneo, mientras potencias como Turquía se van a casa después de más de sesenta tiros al arco sin convertir uno solo en gol.
Lo que separa al que gana del que se rinde antes de tiempo
Hay una diferencia entre las selecciones que dieron la sorpresa y las que decepcionaron, y no es solamente talento. Turquía tuvo la pelota más tiempo que sus rivales y perdió. Uruguay y Ecuador llegaron con nombres de peso y tropezaron antes de mostrar su mejor versión. Lo que sí tuvieron los que sorprendieron fue algo más difícil de medir en estadísticas: la disposición a jugar como si todavía hubiera algo que ganar, incluso cuando la lógica decía que ya estaba decidido.
Eso me recuerda mucho a la vida fuera de la cancha. A esos momentos en que uno ya se siente eliminado de algo un proyecto, una relación, una etapa y la diferencia entre quedarse tirado en la cancha o seguir corriendo no la define el marcador del momento, sino la terquedad de seguir intentando un minuto más.
El técnico de Ecuador, Sebastián Beccacece, corría y gritaba en la banca como si cada segundo le perteneciera. Y los jugadores respondieron exactamente así: Moisés Caicedo tirándose al piso en cada balón, Nilson Angulo desbordando una y otra vez hasta que el gol llegó. No fue magia. Fue la decisión, sostenida durante noventa minutos, de no actuar como un equipo derrotado de antemano.
La fe no garantiza el resultado, pero cambia cómo se juega el partido
No quiero sonar ingenuo: la fe sola no gana partidos, y por cada Ecuador que sorprende hay media docena de selecciones que lo intentaron con la misma fuerza y se quedaron en el camino. El propio entrenador alemán, Julian Nagelsmann, lo reconoció sin rodeos después del partido: su equipo perdió por falta de presión, por lentitud, por bajar los brazos cuando creyó que ya tenía el resultado asegurado.
Y ahí está, quizás, la lección más honesta de este Mundial: no es que los pequeños siempre vencen a los grandes. Es que los grandes, cuando dejan de jugar con hambre, se vuelven vencibles. Y los que llegan sin nada que perder, cuando deciden jugar cada minuto como si fuera el último, a veces alcanzan algo que ni ellos mismos esperaban.
No sé qué va a pasar en las siguientes rondas de este Mundial. Pero esta semana, viendo a un país entero gritar «sí se puede» sin tener ninguna garantía de que fuera cierto, hasta que se volvió cierto, me quedé pensando que quizás esa es la única fe que realmente sirve: la que se sostiene un partido más, aunque el resultado todavía no le dé la razón a nadie.
¿Cuál ha sido tu sorpresa favorita de este Mundial? Me encantaría leerte en los comentarios.
